A fondo
La Gran Muralla: elegir el tramo correcto
La Gran Muralla no es una muralla. Es una red de fortificaciones levantada por dinastías sucesivas a lo largo de más de 21.000 kilómetros, y los tramos que quedan a un día de Pekín ocupan posiciones muy distintas dentro de un mismo abanico: del reconstruido por completo, con pavimento parejo y teleférico, al que se cae a pedazos y no ve a nadie en toda la mañana. La pregunta «¿qué tramo visito?» es en realidad otra: qué clase de día quieres tener. Contestarla antes de reservar evita más disgustos que cualquier ranking de tramos por fama.
Actualizado: 2026-08-23
Un abanico de conservación, no un monumento único
Todas las listas de tramos describen en el fondo la misma variable desde ángulos distintos: cuánta obra de restauración se ha hecho, y cómo esa obra condiciona todo lo demás. Los tramos muy restaurados se pisan seguros, se llegan sin complicación, están señalizados y reciben mucha más gente. Los poco restaurados o directamente ruinosos cambian todo eso por soledad, por una caminata más exigente y por unas vistas que parecen encontradas y no servidas.
Ningún extremo es mejor que el otro: responden a preguntas distintas. Quien viaje con la movilidad justa, con el tiempo contado o con un parte meteorológico dudoso está mejor servido en el extremo restaurado. Quien vaya detrás de la fotografía clásica de la cresta, o simplemente quiera la muralla sin multitud, tiene que irse más allá en el abanico. Decidir qué pesa más antes de reservar evita el error más común, que es elegir un tramo porque su nombre suena y descubrir sobre la marcha que no era el día que se buscaba.
Conviene saber también qué se está pisando. En China hay líneas de muralla desde el siglo VII a.C., pero los tramos que aparecen en las fotografías y los que se visitan cerca de Pekín son en su inmensa mayoría obra de la dinastía Ming (1368-1644). La distancia a Pekín se correlaciona a grandes rasgos con la posición en el abanico —los tramos más cercanos fueron los primeros en restaurarse—, aunque no es una regla estricta y algún tramo de aire remoto queda sorprendentemente cerca de la ciudad.
El extremo cómodo: Badaling y Mutianyu
Badaling es el tramo más visitado y el más restaurado, y se planta uno allí en menos de dos horas desde el centro de Pekín combinando tren de cercanías y autobús. Es la elección sensata cuando la marcha exige cuidado, cuando el tiempo amenaza o cuando el día tiene que salir sencillo antes que aventurero: pavimento ancho y parejo, señalización clara y la toma de contacto más cómoda que ofrece la muralla, a cambio de ser también la más concurrida.
Mutianyu, algo más lejos, pasa por ser el mejor equilibrio de todo el abanico: un teleférico sube hasta la propia muralla, un tobogán convierte la bajada en parte de la excursión, y las torres de vigilancia y las vistas de la cresta son espectaculares sin exigir una caminata dura. También recibe gente, bastante menos que Badaling, y el extremo oriental recompensa de forma muy visible a quien se aleje unos minutos de la salida del teleférico.
Los dos tramos encajan con quien quiere la muralla como excursión y no como expedición: media jornada fuera de Pekín y vuelta a la ciudad con energía para la noche. Es también el extremo por el que conviene empezar cuando se llega recién bajado de un vuelo largo con escala —el caso normal desde América Latina—, con el cambio horario todavía sin digerir: los tramos exigentes se disfrutan mucho más al tercer día que al segundo.
El extremo salvaje: Jinshanling y Simatai
Jinshanling está bastante más allá en el abanico: en parte restaurado, en parte entregado a la ruina, con torres de vigilancia que se pierden en la bruma en las dos direcciones de una cresta que se siente genuinamente remota. Es el tramo del fotógrafo —menos visitantes, mejor luz— y ofrece además la caminata de unas cuatro horas por la cresta hacia Simatai Este, una de las mejores excursiones de medio día accesibles desde Pekín. El terreno es irregular en tramos, y no es el sitio para un día de lluvia ni para quien camine con dificultad.
Simatai es el único tramo que permanece abierto de noche, y la visita nocturna —la muralla iluminada contra el cielo, con muchísima menos gente que en cualquier franja diurna de cualquier otro tramo— es una experiencia distinta de todo lo demás de esta lista. Funciona especialmente bien como segundo encuentro, para quien ya haya visto la muralla de día en otro sitio y quiera volver a ella en otro registro.
Los dos piden más que Badaling o Mutianyu en tiempo, en calzado y en tolerancia a un suelo imperfecto, y devuelven en la misma proporción soledad y atmósfera. Nada de esto requiere ser montañero: requiere haber decidido antes que ese era el día que se quería.
Hacia el oeste: donde la muralla se encuentra con el desierto
Los tramos de Pekín son solo la porción más fotografiada de una estructura que sigue mucho más allá del alcance de la capital. Al oeste, la muralla atraviesa Datong y el paso de Yanmen en Shanxi, continúa por Ningxia y entra en Gansu, dibujando la vieja frontera entre la China agrícola y la estepa. Ahí deja de ser una excursión desde una ciudad y pasa a ser el hilo de un viaje.
Su extremo occidental es la fortaleza de Jiayuguan, en Gansu, donde el muro se encuentra con el borde del desierto de Gobi: el contrapunto exacto de las torres restauradas y gestionadas del norte de Pekín, y la puerta natural del corredor que sigue hacia el oeste por Dunhuang, con guía propia en la Ruta de la Seda.
Para quien se enamora de la muralla cerca de Pekín, ver cómo la misma construcción se comporta en un paisaje completamente distinto es una opción real, pero no un añadido de una tarde: Jiayuguan se visita dentro de un itinerario por Gansu, con sus propios días.